In Corpore Vili (en Viles Cuerpos)

“El propósito del terror y sus actos es extorsionar totalmente a los hombres para que se adapten
a su principio, de modo que ellos también, en última instancia, reconozcan un solo propósito: el de la autopreservación. Cuanto más inescrupulosos sean los hombres en su supervivencia, más se convertirán en títeres psicológicos de un sistema que no tiene otro propósito que el de mantenerse en el poder”.

Leo Löwenthal, 1945

Aquí vamos. Hace unas horas, se declaró un estado de emergencia sanitaria a nivel nacional. Casi un cierre total. Calles y plazas semidesiertas. Prohibido salir de la casa sin una razón considerada válida (¿por quién? por las autoridades, por supuesto). Prohibido juntarse y abrazarse. Prohibida la organización de cualquier iniciativa que proporcione incluso un mínimo de presencia humana (desde fiestas hasta asambleas). Prohibido estar demasiado cerca. Suspensión de toda socialidad. Advertencia de permanecer encerrado en casa tanto como sea posible, aferrándose a algún aparato electrónico en espera de noticias. Obligación de seguir las directrices. Obligación de llevar siempre una “autocertificación” que justifique sus movimientos, aunque salga a pie. Para quienes no se sometan a esas medidas existen sanciones que pueden suponer el arresto y la detención.

¿Y todo esto por qué? ¿Por un virus que sigue dividiendo a los mismos expertos institucionales sobre su peligrosidad real, como lo demuestran las mismas controversias entre virólogos de opiniones opuestas (sin mencionar la indiferencia sustancial mostrada por muchos países europeos)? Y si en lugar del coronavirus, con una tasa de mortalidad del 2-3% en todo el mundo excepto en el norte de Italia (quién sabe si es el ácido nucleico que se degrada al entrar en contacto con la polenta, o si es el delicado linaje del Valle del Po), hubiera llegado éstas tierras un Ébola capaz de diezmar la población en un 80-90%, ¿qué habría pasado? ¿Se pasaría directamente a esterilizar los focos de contagio mediante bombardeos?

Ciertamente, considerando los vínculos entre la dinámica de las sociedades industriales y la moderna concepción occidental de la libertad, no es sorprendente que se aplique una política que impone el arresto domiciliario y los toques de queda a todas las personas para frenar un contagio viral. Lo que es sorprendente, en cualquier caso, es que tales medidas se transpongan de manera tan pasiva, no sólo toleradas, sino introyectadas y justificadas por casi todas las personas. Y no sólo por los juglares de la corte que invitan a todo el mundo a quedarse en casa, no sólo por los ciudadanos respetables que se animan (y controlan) mutuamente, seguros de que “todo irá bien”, sino incluso por aquellos que hoy -frente al infeccioso hombre del saco- ya no están dispuestos a escuchar los (hasta ayer aclamados) estribillos contra el “estado de excepción”, prefiriendo tomar partido a favor de una materialidad fantasmagórica de los hechos. Por lo que vale la pena, ya que nunca como en los momentos de pánico (con el eclipse de la razón que conlleva) las palabras resultan inútiles, volvamos al psicodrama popular en curso en el Belpaese, a sus efectos sociales más que sus causas biológicas.

Si este virus vino de murciélagos o de algún laboratorio militar secreto, ¿cuál es la diferencia inmediata? Nada. Una suposición es tan buena como otra. Más allá de la falta de información y de conocimientos más precisos en este ámbito, sigue siendo válida una observación trivial: en realidad, virus similares pueden ser transmitidos por ciertas especies animales, al igual que puede haber alguien más cínico o descuidado entre los numerosos aprendices de brujo de las “armas no convencionales”. ¿Y qué?

Dicho esto, debería ser muy obvio que en el mundo actual es la información la que decreta lo que existe. Literalmente, sólo existe lo que se habla en los medios de comunicación. Lo que no dicen no existe. Desde este punto de vista, tienen razón los que sostienen que para detener la epidemia, bastaría con apagar la televisión. Sin el alarmismo mediático que se ha levantado a su alrededor, inicialmente sólo aquí en Italia, nadie habría prestado mucha atención a una forma inesperada de gripe, cuyas víctimas habrían sido recordadas sólo por sus seres queridos y algunas estadísticas. No sería la primera vez. Esto es lo que ocurrió con las 20.000 víctimas causadas aquí en Italia desde el otoño de 1969 por la influencia de Hong Kong, la llamada “influencia espacial”. En esa época los medios de comunicación hablaban mucho de ello. Desde el año anterior venía sembrando la muerte en todo el planeta, sin embargo, se consideró simplemente como una forma de influencia (gripe) más virulenta de lo habitual. Y eso fue todo. Después de todo, ¿podéis imaginar lo que habría causado la proclamación del estado de emergencia en Italia en diciembre de 1969? Las autoridades podrían haberlo hecho, pero sabían que no podían permitírselo. Habría sido la insurrección. Tuvieron que conformarse con el miedo sembrado por las masacres de Estado.

Ahora bien, ¿es sensato creer que un virus del extremo oriente ha explotado en el mundo con tal virulencia sólo aquí en Italia? Es mucho más probable que sólo aquí en Italia los medios de comunicación decidieron destacar la noticia del brote. Que se trate de una elección voluntaria o de un error de comunicación, podría ser, a la larga, objeto de debate. Lo que es demasiado obvio, por otra parte, es el pánico que han desatado. Y ¿a quién y qué beneficia?.

Porque, debemos admitir, no hay nada más capaz de sembrar el terror que un virus. Es el enemigo perfecto, invisible y potencialmente omnipresente. A diferencia de lo que sucede con los yihadistas de Oriente Medio, su amenaza se extiende y legitima la necesidad de control casi indefinidamente. Sólo hay que vigilar ocasionalmente a los posibles torturadores (a algunos), pero siempre las posibles víctimas (todas). No es sospechoso “el árabe” que deambula por lugares considerados sensibles, sino el que respira porque respira. Si un problema de salud se convierte en un problema de orden público, si se piensa que la mejor manera de curar es reprimir, entonces queda claro por qué uno de los candidatos al puesto de super-comisario de la lucha contra el coronavirus era el ex jefe de policía en la época del G8 en Génova 2001 y actual presidente de la principal industria bélica italiana (pero como los negocios son los negocios, al final prefirió un gerente con formación militar, el director gerente de la agencia nacional de inversión y desarrollo empresarial). ¿Se trata tal vez de responder a las demandas expresadas en el Senado por un conocido político, que declaró que “ésta es la tercera guerra mundial que nuestra generación se ha comprometido a vivir, destinada a cambiar nuestros hábitos más que el 11 de septiembre”? Después de Al-Qaeda, aquí está Covid-19. Y aquí están también los boletines de esta guerra a la vez virtual y viral, el número de muertos y heridos, las crónicas de los frentes de batalla, la narración de los actos de sacrificio y heroísmo. Ahora bien, ¿de qué ha servido la retórica de la propaganda de guerra en el curso de la historia, si no es para dejar de lado cualquier divergencia y movilizarse para unirse en torno a las instituciones? En momentos de peligro, no debe haber divisiones y mucho menos críticas, sino sólo un apoyo unánime bajo la bandera de la patria. Por lo tanto, en estas horas dentro de los edificios, se airea la idea de un gobierno de salud pública. Sin olvidar un primer efecto secundario nada inoportuno: quien desentone [NT: el discurso oficial, se entiende] sólo puede ser un derrotista, digno de ser linchado por alta traición.

Como ya se ha dicho, no sabemos si esta emergencia es el resultado de un proyecto estratégico premeditado o de una carrera para intentar reparar un error. Sin embargo, sabemos que – además de aplanar cualquier resistencia a la dominación quee la industria farmacéutica sobre nuestras vidas – servirá para extender y consolidar la servidumbre voluntaria, para hacer que la obediencia sea introyectada, para acostumbrarse a aceptar lo inaceptable. ¿Qué podría ser mejor para un gobierno que hace tiempo que ha perdido toda apariencia de credibilidad y, por extensión, para una civilización que claramente se está pudriendo? La apuesta lanzada por el gobierno italiano es enorme: establecer una zona roja de 300.000 kilómetros cuadrados como respuesta a nada. ¿Puede una población de 60 millones de personas actuar repentinamente y ponerse en manos de quienes prometen salvarlos de una amenaza inexistente, como un perro Pavlov babeando al simple sonido de una campana? Éste es un experimento social cuyo interés en los resultados trasciende las fronteras italianas. El fin de los recursos naturales, los efectos de la degradación del medio ambiente y el constante hacinamiento anuncian el desencadenamiento de conflictos en todas partes, cuya prevención y gestión por parte del poder requerirá medidas draconianas. Esto es lo que algunos ya han llamado “ecofascismo”, cuyas primeras medidas no serán muy diferentes de las adoptadas hoy por el gobierno italiano (que de hecho sería el deleite de cualquier estado policial). Para probar tales medidas a gran escala, Italia es el país catalizador adecuado y un virus es el perfecto pretexto transversal.

Hasta ahora los resultados para los ingenieros de anime parecen emocionantes. Con muy pocas excepciones, todo el mundo está dispuesto a renunciar a toda libertad y dignidad a cambio de la ilusión de la salvación. Si el viento favorable cambia de dirección, siempre pueden anunciar que el peligroso virus ha sido erradicado para evitar el efecto bumerán. Por el momento, han sido los reclusos asesinados o masacrados durante los disturbios stallados en una treintena de prisiones después de que se suspendieran las visitas. Pero obviamente no se trata una vergonzosa “carnicería mexicana”, sino de un encomiable control de plagas italiano. El hecho de que la emergencia ofrezca a las autoridades la posibilidad de adoptar públicamente un comportamiento que hasta ayer se mantenía en secreto se puede ver también en los pequeños hechos de las noticias: en Monza una mujer de 78 años visitó la policlínica porque sufría de fiebre, tos y dificultades respiratorias, fue sometida a TSO [Tratamiento Sanitario Obligatorio] después de haberse negado a ser hospitalizada por sospecha de coronavirus. Dado que el TSO, establecido en 1978 por la famosa ley 180, sólo puede aplicarse a los llamados enfermos psíquicos, esa hospitalización forzada fue un “abuso de poder” (como les gusta decir a las bellas almas democráticas). Uno más de los muchos cometidos a diario, sólo que en este caso no fue necesario minimizarlo ni ocultarlo, y se hizo público sin la más mínima crítica. De la misma manera, siete extranjeros culpables de… jugar a las cartas en un parque. Es lo mínimo que podría pasarle a los posibles propagadores de la plaga carentes de “sentido de la responsabilidad”.

Sí, responsabgigantescogigantescogigantescoilidad. Esa es una palabra que está en boca de todos hoy. Hay que ser responsable, un impulso que se martillea constantemente y que traducido por el neolenguaje del poder sólo significa una cosa: hay que obedecer las normas. Sin embargo, no es difícil comprender que es precisamente obedeciendo como se evita toda responsabilidad. La responsabilidad tiene que ver con la conciencia, el feliz encuentro entre la sensibilidad y la inteligencia. Llevar una máscara o estar encerrado en casa sólo porque un funcionario del gobierno lo dictó no indica responsabilidad activa, sino obediencia pasiva. No es el resultado de la inteligencia y la sensibilidad, sino de la credulidad y la habilidad condimentada con una buena dosis de cobardía. Para que sea un acto de responsabilidad debe surgir del corazón y la cabeza de cada individuo, no ser ordenado desde arriba e impuesto bajo la amenaza de un castigo. Pero, como es fácil de adivinar, si hay una cosa que el poder teme más que cualquier otra, es precisamente la conciencia. Porque es de la conciencia que nace la protesta y la revuelta. Y es precisamente para esterilizar toda conciencia que somos bombardeados 24 horas al día por los programas de televisión más triviales, entretenimiento telemático, charlas de radio, melodías de teléfono… un gigantesco proyecto de formateo social cuyo propósito es la producción de idiotez en masa.

Ahora bien, si se consideran las razones aducidas para declarar esta emergencia con un mínimo de sensibilidad e inteligencia, ¿qué saldría de ello? Que un estado de emergencia inaceptable ha sido declarado por razones no razonables por un gobierno poco fiable. ¿Puede ser creíble un Estado que ignora las 83.000 víctimas causadas cada año por un mercado en el que tiene el monopolio, y que le da un beneficio neto de 7.500 millones de euros, cuando pretende establecer una zona roja en todo el país para frenar la propagación de un virus que, según muchos de los mismos virólogos, contribuirá a causar la muerte de algunos centenares de personas que ya están enfermas, e incluso a matar a algunas de ellas directamente? ¿Tal vez ha pensado alguna vez en bloquear fábricas, centrales eléctricas y automóviles en todo el país para evitar que 80.000 personas mueran por la contaminación del aire cada año? ¿Y es este mismo Estado que ha cerrado más de 150 hospitales en los últimos diez años el que ahora pide más responsabilidad?

En cuanto a la materialidad de los hechos, permitidnos dudar si realmente queremos enfrentarnos a ella. Seguramente no lo querrán los siniestros imbéciles que, ante la masacre llevada a cabo en todos los ámbitos por esta sociedad, sólo son capaces de vitorear la venganza del “buen Estado benefactor” (con su salud pública y sus grandes obras útiles) sobre el “mal Estado liberal” (tacaño con los pobres y generoso con los ricos, totalmente desprevenido y mal preparado para afrontar la “crisis”). Y menos aún los buenos ciudadanos dispuestos a quedarse sin libertad para obtener migajas de seguridad.

Porque enfrentarse a la materialidad de los hechos significa también y sobre todo considerar lo que quieres hacer con tu cuerpo y tu vida. También significa aceptar que la muerte pone fin a la vida, incluso a causa de una pandemia. También significa respetar la muerte, y no pensar que puedes evitarla confiando en la medicina. Todos vamos a morir, todos nosotros. Es la condición humana: sufrimos, nos enfermamos, morimos. A veces con poco, a veces con mucho dolor. La loca medicalización, con su delirante propósito de derrotar a la muerte, no hace más que arraigar la idea de que la vida debe ser preservada, no vivida. No es lo mismo.

Si la salud – como la OMS ha venido afirmando desde 1948 – no es simplemente la ausencia de enfermedad, sino el pleno bienestar físico, mental y social, es evidente que toda la humanidad está crónicamente enferma, y ciertamente no a causa de un virus. ¿Y cómo se debe lograr este bienestar total, con una vacuna y un antibiótico a tomar en un ambiente aséptico, o con una vida vivida en libertad y autonomía? Si los hospitales pasan tan fácilmente la “presencia de parámetros vitales” como una “forma de vida”, ¿no es porque han olvidado la diferencia entre la vida y la supervivencia?

El león, el llamado rey de los animales, símbolo de la fuerza y la belleza, vive una media de 10-12 años hasta que es libre en la sabana. Cuando está en un zoológico seguro, su vida útil puede duplicarse. Encerrado en una jaula, es menos hermoso, menos fuerte, es triste y obeso. Le han quitado el riesgo de la libertad para darle seguridad. Pero de esta manera ya no vive, a lo sumo puede sobrevivir. El ser humano es el único animal que prefiere pasar sus días en cautiverio en lugar de en la naturaleza. No necesita que un cazador le apunte con un rifle, está voluntariamente entre rejas. Rodeada y aturdida por las prótesis tecnológicas, la naturaleza ya no sabe lo que es. Y está feliz, incluso orgulloso de la superioridad de su inteligencia. Habiendo aprendido a hacer las matemáticas, sabe que ocho días como un ser humano es más que uno como un león. Sus parámetros vitales están presentes, sobre todo el considerado fundamental por nuestra sociedad: el consumo de bienes.

Hay algo paradójico en el hecho de que los habitantes de nuestra titánica civilización, tan apasionados por los superlativos, se pongan nerviosos frente a uno de los microorganismos vivos más pequeños. ¿Cómo se atreven unas pocas decenas de millonésimas de pulgada de material genético a poner en peligro nuestra existencia pacífica? Es la naturaleza. Dicho brutalmente, hablando entre nosotros, considerando lo que le hemos hecho, también sería justo que acabara con nosotros. Y todas las vacunas, cuidados intensivos, hospitales en el mundo, nunca podrán hacer nada al respecto. En lugar de pretender domesticarla, deberíamos (re)aprender a vivir con la naturaleza. En sociedades salvajes, es decir, sin relaciones de poder, no en los estados civilizados.

Pero esto implicaría un “cambio de comportamiento” que sería muy mal recibido por los que nos gobiernan, por los que quieren gobernarnos y por los que quieren ser gobernados.

[12/3/20]

traducido de:

https://finimondo.org/node/2442

In corpore vili *

« Le but de la terreur, et de sa mise en œuvre, est d’extorquer aux êtres humains l’adaptation totale à son principe même, afin qu’eux et elles aussi ne reconnaissent en toute fin qu’un seul but : l’auto-préservation. Plus les humains ont en tête, et sans scrupules, leur survie, plus ils et elles deviennent des marionnettes psychologiques d’un système dont l’unique objectif est de se maintenir au pouvoir »

Leo Löwenthal, 1945

Voilà, on y est. Il y a quelques heures, l’état d’urgence sanitaire a été déclaré sur tout le territoire national. Verrouillage quasi total. Rues et places semi-désertes. Interdit de quitter la maison sans motif valable (pour qui ? Mais pour les autorités, bien sûr). Interdit de se rencontrer et de s’embrasser. Interdit d’organiser toute initiative avec même un minimum de présence humaine (des fêtes aux rassemblements). Interdit de rester trop près. Suspension de toute vie sociale. L’avertissement est lancé, de rester à la maison autant que possible, scotché à n’importe quel appareil électronique en l’attente de nouvelles. Obligation de suivre les directives. Obligation d’avoir sur soi en permanence un formulaire « d’auto-certification » qui justifie ses déplacements, même ceux à pied. Et pour celui ou celle qui ne se plierait pas à ces mesures, une sanction prévoit l’arrestation et la détention.

Et tout ça pour quoi ? Pour un virus qui divise encore les experts institutionnels eux-mêmes sur son danger réel, comme en témoignent les polémiques entre les virologues d’avis opposés (sans parler de l’indifférence manifeste de nombreux pays européens) ? Et si au lieu du coronavirus, avec son taux de mortalité de 2 ou 3% partout dans le monde sauf au nord de l’Italie (qui sait si c’est l’acide nucléique du virus qui devient méchant au contact de la polenta, ou si c’est la crève de la vallée du Po qui a reculé?), le virus Ebola était arrivé dans ce pays (lui qui peut décimer entre 80 à 90% de la population) ? Que ce serait-il passé dans ce cas ? Une neutralisation directe des foyers infectieux par bombardement ?

Bon, vus les liens entre la dynamique des sociétés industrielles et la conception moderne de la liberté en Occident, il n’est pas étonnant qu’une politique d’assignation à résidence et de couvre-feu soit appliquée pour endiguer l’épidémie. Ce qui peut surprendre, par contre, c’est la façon dont ces mesures sont reprises sans résistance, tolérées, mais aussi intégrées et justifiées par presque tout le monde. Par les ménestrels de la cour qui invitent tout le monde à rester à la maison, par les braves citoyens qui s’encouragent (et se contrôlent) mutuellement, persuadés que « tout ira bien », mais aussi par ceux qui aujourd’hui (face au spectre infectieux) ne veulent plus rien entendre des refrains contre « l’état d’exception » (applaudis il y a peu encore…) et choisissent le parti de la matérialité fantomatique des faits. Dans la panique (avec l’éclipse de la raison qu’elle entraîne), chaque mot porte un sens : alors pour ce que ça vaut, revenons au psychodrame populaire qui se déroule dans notre beau pays, sur ses effets sociaux plus que sur ses causes biologiques.

Que ce virus vienne des chauves-souris ou d’un laboratoire militaire secret, qu’est-ce que ça change là tout de suite ? Rien : une hypothèse en vaut une autre. Au-delà du manque d’informations et de compétences plus précises à ce sujet, on peut déjà faire cette observation : certaines espèces animales peuvent transmettre des virus de la sorte aux êtres humains. Tout comme il peut y avoir, parmi les nombreux apprentis-sorciers des « armes non-conventionnelles », quelqu’un de plus cynique ou imprudent que d’autres. Et donc ?

Ceci dit, il devrait paraître évident à tout le monde que dans le monde actuel, ce sont les informations qui décrètent ce qui existe. Littéralement, n’existent que les choses dont parlent les médias. Et tout ce qu’ils taisent n’existe pas. De ce point de vue, celui qui soutient que pour arrêter l’épidémie, il suffirait d’éteindre la télé, a raison. Sans l’alarmisme médiatique que le virus a suscité, seulement ici en Italie dans un premier temps, personne n’aurait prêté beaucoup d’attention à cette forme de grippe imprévue. Seules les proches et certaines statistiques auraient visibilisé les victimes. Il existe d’ailleurs un cas précédent en Italie : la grippe de Hong Kong, dite « la grippe spatiale », a fait 20.000 victimes à partir de l’automne 1969. À l’époque, les médias en parlaient beaucoup, et l’année d’avant cette maladie a semé la mort à travers le monde. Mais alors, elle était considérée comme une forme de grippe plus virulente que d’habitude. Tout simplement. D’ailleurs, vous imaginez un peu ce qu’aurait provoqué la proclamation de l’état d’urgence en Italie en décembre 1969 ? Pratique sans doute pour les autorités, mais elles savaient qu’elles ne pouvaient pas se le permettre. Ça aurait été l’insurrection. Alors, elles se sont contentées de semer la terreur avec des massacres d’État.

À présent, est-il logique de croire seulement ici en Italie qu’une épidémie d’extrême-orient aurait éclaté dans le monde avec une telle virulence ? Plus probablement, ce n’est qu’en Italie que les médias ont décidé de focaliser l’attention sur l’arrivée de l’épidémie. Qu’il s’agisse d’un choix précis ou d’une erreur de communication, le débat sur la question serait long. La panique que les infos ont déclenchée, par contre, est par trop évidente. Et à qui, à quoi, celle-ci profite-t-elle ?

Car oui, en effet, rien n’est plus apte à semer la terreur qu’un virus. Il est l’ennemi parfait : invisible et potentiellement omniprésent. À la différence des djihadistes du Moyen-Orient, sa menace s’étend et légitime la nécessité du contrôle à l’infini ou presque. La surveillance ne s’applique pas à quelques bourreaux de temps à autre, mais aux victimes éventuelles (tout le monde, donc). Ce qui est suspect, ce n’est pas d’être « Arabe » et d’errer dans des endroits dits « sensibles », c’est le simple fait de respirer. Quand un problème de santé devient un problème d’ordre public, quand la meilleure façon de guérir devient la répression, alors un fait s’éclaircit : parmi les candidats au rôle de super-commissaire dans la lutte contre le virus, on compte l’ancien chef de police au moment du G8 à Gênes en 2001 et actuel président de la première industrie de guerre italienne. Mais comme les affaires sont les affaires, le candidat retenu est finalement un manager de formation militaire : le directeur général de l’agence nationale pour l’investissement et le développement commercial. Est-ce une réponse aux exigences d’un politicien notoire, martelant au Sénat : « il s’agit de la troisième guerre mondiale mobilisant notre génération, et celle-ci va changer nos habitudes davantage que le 11 septembre » ? Après Al-Qaïda, voici le Covid-19. Et voici aussi les bulletins d’informations sur cette guerre à la fois virtuelle et virale, son nombre de morts et de blessées, l’actualité du champ de bataille, le récit des actes de sacrifice et d’héroïsme. Mais au cours de l’Histoire, à quoi n’a jamais servi d’autre la propagande de guerre, sinon à mettre de côté toute divergence et faire front commun autour des institutions ? Au moment du danger, ni divisions, ni critiques, seulement une adhésion unanime derrière le drapeau de la patrie. Ainsi, en ce moment depuis l’intérieur des bâtiments institutionnels, l’hypothèse grandit de donner vie à un gouvernement de santé publique. Sans oublier un effet collatéral propice à la situation : quiconque sort du rang ne peut être qu’un défaitiste, une candidate au lynchage pour haute trahison.

Comme cela a déjà été dit, nous ne savons pas si cet état d’urgence est le résultat d’un projet stratégique prémédité, ou de mesures prises après une erreur commise. Cependant, nous savons que cette situation, en plus d’écraser toute résistance à la domination de Big Pharma sur nos vies, servira à propager et à consolider la servitude volontaire, à faire intégrer l’obéissance, à s’habituer à accepter l’inacceptable. Et quoi de mieux pour un gouvernement qui a depuis longtemps perdu tout semblant de crédibilité, et par extension, pour une civilisation en état de putréfaction manifeste ? Le défi lancé par le gouvernement italien est énorme : établir une zone rouge de 300 000 kilomètres carrés en réaction à rien. Une population de 60 millions d’habitants peut-elle se mettre au garde-à-vous et se prosterner aux pieds des mêmes qui promettent de la sauver d’une menace inexistante, comme un chien de l’expérience de Pavlov bavait au simple son d’une cloche ? Il s’agit d’une expérience sociale dont l’intérêt des résultats dépasse les frontières italiennes. La fin des ressources naturelles, les effets de la dévastation environnementale et le surpeuplement permanent annoncent le déclenchement de conflits partout dans le monde. Et la prévention et la gestion de cette conflictualité forceront le pouvoir à prendre des mesures draconiennes. Par le passé certains ont qualifié ce genre de régime « d’écofasciste », et ses premières mesures ne seront pas très différentes de celles prises aujourd’hui par le gouvernement italien (qui de fait raviraient tout État policier). Pour tester des mesures pareilles à grande échelle, l’Italie est un bon catalyseur et le virus est un prétexte parfait de domination horizontale.

Jusqu’ici, les résultats obtenus par les ingénieurs des âmes nous semblent enthousiasmants. À de rares exceptions près, chacun, chacune est prêt à renoncer à toute liberté, à toute dignité, en échange de l’illusion du salut. Et si le vent tourne, ils peuvent toujours annoncer que le dangereux virus a été éradiqué pour éviter l’effet boomerang. En attendant, les détenus en font les frais, eux qui se sont faits massacrer pendant les révoltes qu’ils ont portées dans une trentaine de prisons, après l’annonce de la suspension des parloirs. Mais visiblement, on ne parle pas d’une « boucherie mexicaine » gênante, mais plutôt d’une louable désinfection à l’italienne. L’urgence offre aux détenteurs de l’autorité la possibilité d’adopter publiquement des comportements qui jusqu’alors étaient tenus secrets, comme en témoignent certains faits divers. Ainsi, à Monza, une femme de 78 ans s’est rendue dans une polyclinique parce qu’elle souffrait de fièvre, de toux et de difficultés respiratoires. Après avoir refusé d’être hospitalisée pour le coronavirus, elle a subi un TSO [traitement sanitaire obligatoire, en service psychiatrique]. Et depuis que le TSO, créé en 1978 avec la fameuse loi 180, ne peut être appliqué qu’aux prétendus malades mentaux, cette hospitalisation forcée était donc un « abus de pouvoir » (comme se plaisent à dire les belles âmes démocratiques). Un abus parmi tant d’autres du quotidien, sauf que dans cette situation il n’était pas nécessaire de le minimiser ou de le cacher : il a donc été rendu public sans soulever la moindre critique. De même, sept sans-papiers coupables de … jouer aux cartes dans un parc ont été arrêtés à Rome. C’est le moins qui puisse arriver à d’éventuels pestiférés dépourvus du « sens des responsabilités ».

Oui, la responsabilité. Un mot sur toutes les lèvres aujourd’hui. Nous devons être responsables, une sollicitation martelée en continu qui, traduite de la novlangue du pouvoir, signifie : nous devons obéir aux directives. Pourtant, on comprend facilement que c’est précisément en obéissant que toute responsabilité est évacuée. La responsabilité a à voir avec la conscience, c’est-à-dire la rencontre heureuse entre la sensibilité et l’intelligence. Porter un masque ou être connectée chez soi simplement parce qu’un fonctionnaire du gouvernement l’a dicté ne dénote pas d’une responsabilité active, mais d’une obéissance passive. Ce n’est pas le fruit de l’intelligence et de la sensibilité, mais de la crédulité et de la naïveté, saupoudrée d’une bonne dose de peur. Pour être un acte de responsabilité, il doit émaner du cœur et de la tête de chaque individu, ne pas être ordonné d’en haut ni imposé sous peine de punition. Toutefois on comprend facilement que la conscience est la chose que le pouvoir craint plus que tout. Car c’est de la conscience que naissent la contestation et la révolte. Et c’est précisément pour stériliser chaque conscience que nous sommes bombardés 24 heures sur 24 par les programmes télévisés les plus futiles, les divertissements numériques, les bavardages à la radio, le chahut téléphonique … Une gigantesque entreprise de formatage social dont le but est la production de l’idiotie de masse.

À présent, si on considère les raisons avancées pour déclarer cette urgence avec un minimum de sensibilité et d’intelligence, qu’en ressort-il ? Qu’un état d’urgence inacceptable a été déclaré pour des raisons farfelues par un gouvernement non fiable. Dans les faits, cet État ignore les 83000 victimes causées chaque année par un marché dont il détient le monopole et qu’il rémunère à hauteur de 7,5 milliards d’euros net. Alors comment l’État peut-il être crédible un instant lorsqu’il prétend établir une zone rouge dans tout le pays pour endiguer la propagation d’un virus qui – selon de nombreux virologues eux-mêmes – contribuera indirectement à la mort de quelques centaines de personnes déjà malades, et peut-être directement à la mort de quelques-unes ? Et pour empêcher 80 000 personnes de crever de la pollution atmosphérique, ces seigneurs ont-ils déjà envisagé de bloquer les usines, les centrales électriques et les voitures à travers tout le pays ? Aujourd’hui, n’est-ce pas ce même État qui a fermé plus de 150 hôpitaux au cours des dix dernières années qui appelle à une plus grande responsabilité ?

Quant à la matérialité des faits, qu’on nous permette de douter de la volonté d’y faire face réellement. En tout cas les sombres idiots qui, face au massacre perpétré par cette société dans tous les domaines, ne sont même pas capables d’encourager la vengeance du bon État social (avec sa santé publique et ses grands projets utiles) sur le méchant État libéral (radin avec les pauvres et généreux avec les riches, dépassé par la « crise »), eux ne le veulent pas, c’est sûr. Et encore moins les braves citoyennes qui préfèrent rester en rade de liberté pour quelques miettes de sécurité.

Parce qu’affronter la matérialité des faits signifie aussi et surtout considérer ce qu’on veut faire de son corps et de sa vie. Cela signifie aussi accepter que la mort met fin à la vie, même à cause d’une pandémie. Cela signifie également respecter la mort, et ne pas penser à pouvoir l’éviter en s’appuyant sur la médecine. Nous mourrons tous : personne n’y échappe. Cela fait partie de la condition humaine : nous souffrons, nous tombons malades, nous mourons. Avec plus ou moins de douleur. La médicalisation forcenée, avec son objectif délirant de vaincre la mort, ne fait que nourrir l’idée que la vie doit être préservée et non vécue. Ce n’est pas la même chose.

Si la santé – comme l’OMS prétend le soutenir depuis 1948 – n’est pas simplement l’absence de maladie, mais le bien-être physique, mental et social complet, il est évident que l’humanité entière est un malade chronique, et certainement pas à cause d’un virus. Et comment obtenir ce bien-être total ? Avec un vaccin et un antibiotique à prendre en milieu aseptisé ou bien avec une vie pleinement vécue au nom de la liberté et de l’autonomie ? Si dans les hôpitaux, ils arrivent à faire passer la « présence de paramètres vitaux » pour une « forme de vie », n’est-ce pas parce que la différence entre la vie et la survie a été oubliée ?

Le « roi des animaux », le lion, symbole de force et de beauté, vit en moyenne 10-12 ans en liberté dans la savane. En toute sécurité dans un zoo, sa durée de vie peut doubler. Enfermé dans une cage, il perd en beauté et en force – il devient maussade et obèse. On lui retire le risque de la liberté en échange de la certitude de la sécurité. Mais de cette façon, il ne vit plus : au mieux, il survit. L’être humain est le seul animal qui préfère passer ses journées en captivité plutôt que dans la nature. Il n’a pas besoin du fusil d’un chasseur braqué sur lui : il se met de lui-même derrière les barreaux. Cerné et abruti par les prothèses technologiques, il ne sait même plus ce que c’est, la nature. Et il est heureux, voire fier, de la supériorité de son intelligence. Comme il sait compter, il sait que huit jours en tant qu’être humain comptent davantage qu’un seul pour un lion. Ses paramètres vitaux sont bien présents, et par-dessus tout celui qui est considéré comme fondamental dans notre société : la consommation de biens.

Paradoxalement, les habitants de notre civilisation titanesque, d’habitude si passionnés par les superlatifs, sont en train d’angoisser pour un des plus petits micro-organismes vivants. Mais comment quelques dizaines de millionièmes de centimètres de matériel génétique osent-ils menacer notre existence pacifique ? C’est la nature. Pour le dire brutalement, considérant ce que nous lui avons fait, il serait aussi juste qu’elle nous anéantisse. Et tous les vaccins, tous les soins intensifs et les hôpitaux du monde entier ne pourront jamais rien y faire. Au lieu de faire semblant de l’apprivoiser, nous devrions (ré)apprendre à vivre avec la nature. Et cette fois dans des sociétés sauvages, c’est-à-dire sans relations de pouvoir, et non dans des États civilisés.

Mais cela impliquerait un « changement de comportement » très malvenu pour ceux qui nous gouvernent ou le souhaiteraient, comme pour ceux qui veulent être gouvernés.

12 mars 2020, Finimondo

NdSAD:
* Que l’on pourrait traduire « dans les corps vils/infâmes », au sens qui sont méprisables.

In corpore vili

 

 

In corpore vili

In corpore vili

«Scopo del terrore e dei suoi atti è di estorcere totalmente l’adattamento degli uomini al proprio principio, affinché anch’essi riconoscano, in definitiva, ancora solo uno scopo: quello dell’autoconservazione. Quanto più gli uomini hanno in mente senza scrupoli la propria sopravvivenza, tanto più diventano marionette psicologiche di un sistema che non ha altro scopo che mantenere se stesso al potere»
Leo Löwenthal, 1945

Ecco, ci siamo. Da poche ore è stato dichiarato lo stato d’emergenza sanitaria su tutto il territorio nazionale. Serrata quasi totale. Strade e piazze semi-deserte. Proibito uscire di casa senza una ragione ritenuta valida (da chi? ma dalle autorità, naturalmente). Proibito incontrarsi e abbracciarsi. Proibito organizzare qualsivoglia iniziativa che preveda anche solo un minimo di presenza umana (dalle feste ai raduni). Proibito stare troppo vicini. Sospensione di ogni socialità. Ammonimento a stare chiusi in casa il più possibile, aggrappati ad un qualche dispositivo elettronico in attesa di notizie. Obbligo di seguire le direttive. Obbligo di portare sempre con sé una «autocertificazione» che giustifichi i propri spostamenti, anche se si esce a piedi. Per chi non dovesse sottomettersi a simili misure è prevista una sanzione che può prevedere l’arresto e la detenzione.
E tutto ciò per cosa? Per un virus che tuttora divide gli stessi esperti istituzionali a proposito della sua effettiva pericolosità, come dimostrano le stesse polemiche fra virologi di pareri opposti (per non parlare della sostanziale indifferenza che gli mostrano non pochi paesi europei)? E se anziché il coronavirus, con il suo tasso di mortalità del 2-3% ovunque nel mondo tranne che nel nord Italia (chissà se è l’acido nucleico ad incattivirsi a contatto con la polenta, oppure se è la schiatta padana ad essere gracilina), fosse arrivato in queste lande un Ebola capace di decimare la popolazione dell’80-90%, cosa sarebbe accaduto? Si passava direttamente a sterilizzare i focolai tramite bombardamenti?
Certo, tenuto conto dei legami tra le dinamiche delle società industriali e la moderna concezione occidentale della libertà, non sorprende che per arginare un contagio virale si applichi una politica che impone a tutti gli arresti domiciliari e il coprifuoco. Ciò che stupisce semmai è che tali misure vengano recepite così passivamente, non soltanto tollerate, ma introiettate e giustificate dalla quasi totalità delle persone. E non solo dai menestrelli di corte che invitano tutti a starsene a casa, non solo dai cittadini perbene che si incoraggiano (e si controllano) a vicenda sicuri che «andrà tutto bene», ma persino da chi oggi — davanti allo spauracchio infettivo — non è più disponibile a sentire i (fino a ieri osannati) ritornelli contro lo «stato di eccezione», preferendo schierarsi a favore di una fantomatica materialità dei fatti. Per quel che vale, giacché mai come nei momenti di panico (con l’eclissi della ragione che comporta) ogni parola risulta inutile, torniamo sullo psicodramma popolare in corso nel Belpaese, sui suoi effetti sociali più che sulle sue cause biologiche.
Che questo virus provenga dai pipistrelli o da qualche laboratorio militare segreto, cosa cambia nell’immediato? Nulla, una ipotesi vale l’altra. Al di là della mancanza di informazioni e di competenze più precise al riguardo, resta pur sempre valida una banale constatazione: virus simili possono essere effettivamente trasmessi da determinate specie animali, così come fra i tanti apprendisti stregoni delle «armi non convenzionali» ci può ben essere qualcuno di più cinico o sbadato. E allora?
Ciò detto, dovrebbe essere fin troppo scontato che nel mondo attuale è l’informazione a decretare ciò che esiste. Letteralmente, esiste solo ciò di cui parlano i media. E ciò che tacciono, non esiste. Da questo punto di vista, ha ragione chi sostiene che per fermare l’epidemia basterebbe spegnere la televisione. Senza l’allarmismo mediatico che attorno ad essa è stato sollevato, inizialmente solo qui in Italia, nessuno avrebbe prestato grande attenzione ad una imprevista forma influenzale, le cui vittime sarebbero state ricordate solo dai loro cari e da qualche statistica. Non sarebbe la prima volta. È ciò che è accaduto con le 20.000 vittime provocate qui in Italia a partire dall’autunno del 1969 dall’influenza di Hong Kong, la cosiddetta «influenza spaziale». All’epoca i mass-media ne parlarono parecchio, era dall’anno precedente che seminava morte in giro per il pianeta, eppure venne considerata semplicemente come una forma influenzale più virulenta del solito. Tutto qui. Del resto, ve lo immaginate cosa avrebbe provocato in Italia la proclamazione dello stato di emergenza nel dicembre del 1969? Alle autorità avrebbe senz’altro fatto comodo, ma sapevano di non poterselo permettere. Sarebbe stata l’insurrezione. Si dovettero accontentare della paura seminata dalle stragi di Stato.
Ora, è sensato ritenere che un virus estremo-orientale sia esploso nel mondo con tale virulenza solo qui in Italia? È assai più verosimile che solo qui in Italia gli organi d’informazione abbiano deciso di dare risalto alla notizia dell’arrivo dell’epidemia. Che si sia trattato di una precisa scelta o di un errore di comunicazione, questo potrà essere a lungo materia di dibattito. Ad essere fin troppo palese, in compenso, è il panico che hanno scatenato. E a chi e a cosa esso giovi.
Perché, bisogna ammetterlo: non c’è nulla in grado di seminare terrore più di un virus. È il nemico perfetto, invisibile e potenzialmente onnipresente. A differenza di quanto accade con gli jihadisti medio-orientali, la sua minaccia estende e legittima pressoché all’infinito la necessità di controllo. Non vanno sorvegliati di tanto in tanto i possibili carnefici (alcuni), ma sempre e comunque le possibili vittime (tutti quanti). Non è sospetto «l’arabo» che si aggira con fare losco in luoghi considerati sensibili, ma chi respira perché respira. Se si trasforma un problema sanitario in un problema di ordine pubblico, se si pensa che il modo migliore per curare sia quello di reprimere, allora diventa chiaro il motivo per cui uno dei candidati al ruolo di super-commissario della lotta contro il coronavirus fosse l’ex-capo della polizia ai tempi del G8 di Genova 2001 ed attuale presidente della principale industria bellica italiana (ma poiché gli affari sono affari, alla fine gli è stato preferito un manager dalla formazione militare, l’amministratore delegato dell’agenzia nazionale per gli investimenti e lo sviluppo dell’impresa). Si tratta forse di rispondere alle esigenze espresse in Senato da un noto politico, il quale ha dichiarato che «questa è la terza guerra mondiale che la nostra generazione è impegnata a vivere, destinata a cambiare le nostre abitudini più dell’11 settembre»? Dopo Al-Qaeda, ecco il Covid-19. Ed ecco anche i bollettini di questa guerra al tempo stesso virtuale e virale, i numeri di morti e feriti, le cronache dai fronti di battaglia, la narrazione degli atti di sacrificio e di eroismo. Ora, a cosa è mai servita nel corso della storia la retorica della propaganda bellica, se non a mettere da parte ogni divergenza e mobilitarsi per fare quadrato attorno alle istituzioni? Nel momento del pericolo, non ci devono essere né divisioni né tantomeno critiche, ma solo unanime adesione dietro alla bandiera della patria. Così, in queste ore all’interno dei palazzi si sta ventilando l’ipotesi di dare vita ad un governo di salute pubblica. Senza dimenticare un primo effetto collaterale niente affatto sgradito: chiunque esca fuori dal coro non può che essere un disfattista, meritevole di linciaggio per alto tradimento.
Come già detto, noi non sappiamo se questa emergenza sia il frutto di un premeditato progetto strategico o di una corsa ai ripari dopo un errore compiuto. Sappiamo però che — oltre a spianare ogni resistenza al dominio di Big Pharma sulle nostre esistenze — servirà a diffondere e consolidare la servitù volontaria, a far introiettare l’obbedienza, ad abituare ad accettare ciò che è inaccettabile. Cosa c’è di meglio per un governo che ha perduto da tempo ogni minima parvenza di credibilità, e per estensione per una civiltà palesemente in putrefazione? La scommessa lanciata dal governo italiano è enorme: istituire una zona rossa di 300.000 chilometri quadrati come risposta al nulla. Può una popolazione di 60 milioni di persone scattare sull’attenti e gettarsi ai piedi di chi le promette di salvarla da una minaccia inesistente, come un cane di Pavlov sbavava al semplice suono di una campanella? Si tratta di un esperimento sociale il cui interesse per i risultati travalica i confini italiani. La fine delle risorse naturali, gli effetti della degradazione ambientale ed il costante sovraffollamento annunciano lo scatenamento un po’ dovunque di conflitti la cui prevenzione e gestione da parte del potere richiederà misure draconiane. È ciò che alcuni hanno già battezzato «ecofascismo», le cui prime misure non saranno molto dissimili da quelle prese oggi dal governo italiano (che infatti farebbero la delizia di ogni Stato di polizia). Per testare su larga scala provvedimenti del genere, l’Italia è il paese catalettico giusto e un virus è il pretesto trasversale perfetto.
Finora i risultati per gli ingegneri di anime ci sembrano entusiasmanti. Con pochissime eccezioni, tutti sono disponibili a rinunciare ad ogni libertà e dignità in cambio dell’illusione della salvezza. Se poi il vento a favore dovesse cambiare direzione, per impedire l’effetto boomerang potranno sempre annunciare che il pericoloso virus è stato debellato. Per adesso a farne le spese sono stati i detenuti uccisi o massacrati nel corso delle rivolte scoppiate in una trentina di penitenziari dopo la sospensione dei colloqui. Ma ovviamente non si è trattato di imbarazzante «macelleria messicana», bensì di lodevole disinfestazione italiana. Che l’emergenza offra a chi esercita l’autorità la possibilità di adottare pubblicamente comportamenti fino a ieri tenuti segreti, lo si nota anche nei piccoli fatti di cronaca: a Monza una donna di 78 anni visitata al policlinico perché affetta da febbre, tosse e difficoltà respiratoria, è stata sottoposta a Tso dopo aver rifiutato di farsi ospedalizzare per sospetto coronavirus. Poiché il Tso, istituito nel 1978 con la famosa legge 180, può essere applicato solo a cosiddetti malati psichici, quel ricovero coatto è stato un «abuso di potere» (come amano dire le anime belle democratiche). Uno dei tanti commessi quotidianamente, solo che in questo caso non è stato necessario minimizzarlo od occultarlo, ed è stato reso pubblico senza che si sollevasse la minima critica. Allo stesso modo, a Roma sono stati arrestati sette stranieri rei di… giocare a carte in un parco. È il minimo che potesse capitare a possibili untori privi di ogni «senso di responsabilità».
Già, la responsabilità. Si tratta di una parola oggi sulla bocca di tutti. Bisogna essere responsabili, sollecitazione che viene martellata di continuo e che tradotta dalla neo-lingua del potere significa una cosa sola: bisogna obbedire alle direttive. Eppure non è difficile capire che è proprio obbedendo che si evita ogni responsabilità. La responsabilità ha a che fare con la coscienza, il felice incontro fra sensibilità ed intelligenza. Indossare una mascherina o stare tappati in casa solo perché l’ha dettato un funzionario del governo non denota responsabilità attiva, bensì obbedienza passiva. Non è frutto di intelligenza e sensibilità, ma di creduloneria e dabbenaggine condite con una buona dose di pavidità. Per essere un atto di responsabilità dovrebbe sorgere dal cuore e dalla testa di ogni individuo, non venire ordinato dall’alto ed imposto dietro minaccia di punizione. Ma, come è facile intuire, se c’è una cosa che il potere teme più di ogni altra è proprio la coscienza. Perché è dalla coscienza che nasce la contestazione e la rivolta. Ed è proprio per sterilizzare ogni coscienza che veniamo bombardati 24 ore su 24 dai più futili programmi televisivi, intrattenimenti telematici, chiacchiericci radiofonici, cinguettii telefonici… mastodontica impresa di formattazione sociale il cui scopo è la produzione dell’idiozia di massa.
Ora, se si considerassero le ragioni avanzate per dichiarare questa emergenza con un minimo di sensibilità e di intelligenza, cosa ne verrebbe fuori? Che uno stato di emergenza inaccettabile è stato dichiarato per motivi inverosimili da un governo inattendibile. Può infatti uno Stato che ignora le 83.000 vittime provocate ogni anno da un mercato di cui detiene il monopolio, e che gli frutta un ricavo netto di 7,5 miliardi di euro, essere credibile quando afferma di istituire in tutto il paese una zona rossa per arginare la diffusione di un virus che — a detta di molti fra gli stessi virologi — contribuirà a provocare la morte di alcune centinaia di persone già ammalate, ammazzandone magari qualcuna direttamente? Forse che per impedire che ogni anno 80.000 persone crepino per l’inquinamento atmosferico, lorsignori hanno mai pensato di bloccare su tutto il territorio nazionale le fabbriche, le centrali elettriche, le automobili? Ed è questo stesso Stato che negli ultimi dieci anni ha chiuso oltre 150 ospedali ad invocare oggi maggiore responsabilità?
Quanto alla materialità dei fatti, ci sia permesso di dubitare che si voglia affrontarla veramente. Di certo non lo vogliono i sinistri imbecilli che di fronte al massacro attuato in ogni ambito da questa società sono capaci solo di tifare per la rivincita dello Stato sociale buono (con la sua sanità pubblica e le sue grandi opere utili) sullo Stato liberale cattivo (taccagno con i poveri e generoso con i ricchi, del tutto impreparato ed approssimativo ad affrontare la “crisi”). E ancor meno lo vogliono i bravi cittadini pronti a rimanere a digiuno di libertà pur di avere briciole di sicurezza.
Perché affrontare la materialità dei fatti significa anche e soprattutto considerare cosa si voglia fare del proprio corpo e della propria vita. Significa anche accettare che la morte ponga fine alla vita, perfino a causa di una pandemia. Significa anche rispettare la morte, e non pensare di poterla evitare affidandosi alla medicina. Tutti moriremo, nessuno escluso. È la condizione umana: soffriamo, ci ammaliamo, moriamo. A volte con poco, a volte con tanto dolore. La medicalizzazione forsennata, con il suo delirante proposito di sconfiggere la morte, non fa altro che radicare l’idea secondo cui la vita va conservata, non vissuta. Non è la stessa cosa.
Se la salute — come l’OMS si vanta di sostenere fin dal 1948 — non è la semplice assenza di malattia, bensì il pieno benessere fisico, psichico e sociale, è evidente che l’umanità intera è una malata cronica, e non certo a causa di un virus. E questo benessere totale come dovrebbe essere ottenuto, con un vaccino ed un antibiotico da assumere in ambiente asettico, oppure con una vita vissuta all’insegna della libertà e dell’autonomia? Se negli ospedali spacciano così facilmente la «presenza dei parametri vitali» per «forma di vita», non è perché si è ormai dimenticata la differenza fra vita e sopravvivenza?
Il leone, il cosiddetto re degli animali, simbolo di forza e bellezza, vive mediamente 10-12 anni finché è libero nella savana. Quando si trova in uno zoo, al sicuro, la durata della sua vita può raddoppiare. Chiuso in una gabbia è meno bello, meno forte — è triste ed obeso. Gli hanno tolto il rischio della libertà per dargli la certezza della sicurezza. Ma in questa maniera non vive più, può al massimo sopravvivere. L’essere umano è il solo animale che preferisce trascorrere i suoi giorni in cattività piuttosto che in natura. Non ha bisogno di un cacciatore che gli punti contro un fucile, ci sta volontariamente dietro le sbarre. Circondato ed intontito da protesi tecnologiche, la natura non sa più nemmeno cosa sia. Ed è felice, persino orgoglioso della superiorità della sua intelligenza. Avendo imparato a fare di conto, sa che otto giorni da essere umano sono più di uno da leone. I suoi parametri vitali sono presenti, soprattutto quello considerato fondamentale dalla nostra società: il consumo di merci.

C’è un che di paradossale nel fatto che gli abitanti della nostra titanica civiltà, così appassionata di superlativi, si agitino in preda al nervosismo di fronte ad uno dei più minuscoli microrganismi viventi. Come osano poche decine di milionesimi di centimetro di materiale genetico mettere a repentaglio la nostra pacifica esistenza? È la natura. Detto brutalmente fra noi, considerato ciò che le abbiamo fatto sarebbe anche giusto che ci spazzasse via. E tutti i vaccini, le terapie intensive, gli ospedali del mondo, non potranno mai farci nulla. Anziché pretendere di domarla, dovremmo (re)imparare a convivere con la natura. In società selvagge, cioè senza rapporti di potere, non in Stati civili.
Ma questo comporterebbe un «cambio di comportamento» assai poco gradito a chi ci governa, a chi vorrebbe governarci, a chi vuole essere governato.

In corpore vili

Sarà un’influenza che vi seppellirà!

«Nonostante le apparenze, l’ecofascismo ha un futuro davanti a sé e sotto la pressione della necessità potrebbe essere il risultato di un regime totalitario sia di sinistra che di destra. In effetti i governi saranno sempre più costretti ad agire per gestire risorse e spazio via via più rarefatti… La preservazione del livello di ossigeno necessario per la vita potrà essere garantita solo sacrificando un altro fluido vitale: la libertà. Ma, come accade in tempo di guerra, la difesa del bene comune, della terra, varrà il sacrificio. L’azione degli ambientalisti ha già iniziato a tessere una rete di regolamenti fatta di ammende e di carcere al fine di proteggere la natura dal suo sfruttamento incontrollato. Cos’altro fare? Ciò che ci aspetta, come nell’ultima guerra totale, è probabilmente una miscela di organizzazione tecnocratica e ritorno all’età della pietra»
(Bernard Charbonneau)

Sono trascorsi quarant’anni da quando uno dei primi critici della civiltà tecno-industriale pubblicava tali osservazioni, impregnate di una certa mestizia dovuta all’indifferenza generalizzata nei confronti delle devastazioni attuate dal progresso. Ce le ha fatte venire in mente quanto sta accadendo in questi giorni qui in Italia, dove a cominciare da Lombardia e Veneto è in via di sperimentazione un test d’irreggimentazione di massa in nome del bene pubblico. Non essendoci alcun nemico visibile all’orizzonte in grado di giustificare uno stato di emergenza, è stato dato grande risalto alla minaccia costituita da un nemico invisibile. Così, per impedire la diffusione di una forma influenzale appena più virulenta di quelle con cui si ha a che fare ogni anno, si è giunti ad istituire zone rosse, posti di blocco, divieti di movimento, sospensione della vita pubblica. Misure eccezionali che potrebbero presto venire estese al resto del paese e che stanno già provocando una sorta di psicosi di massa, con tanto di assalti ai supermercati per accaparrarsi beni di prima necessità e non solo, esaurimento di dispositivi medici di protezione quali mascherine e disinfettanti, aggressioni agli untori con gli occhi a mandorla.
Di primo acchito verrebbe da chiedersi come mai l’Italia risulti essere il terzo paese al mondo (dopo Cina e Corea del Sud) per numero di contagiati dal cosiddetto coronavirus. Si tratta di efficienza del sistema sanitario nazionale, in grado di attuare fin da subito (a differenza degli altri paesi occidentali più negligenti) quei controlli a tappeto che hanno fatto scoprire l’epidemia in corso, o di deficienza della popolazione nazionale, giacché in nessun altro luogo avrebbe potuto attecchire un tale allarmismo? Interrogativo che potrebbe anche essere riformulato in altri termini: l’italica importazione di un timore asiatico è il frutto della dabbenaggine mediatica, a cui la notizia sensazionalistica è scappata dagli indici di ascolto, o è opera dell’arguzia istituzionale intenzionata a sondare la rinuncia volontaria alla minima libertà da parte dei suoi cittadini?
Che un’influenza possa uccidere, non è certo una novità. In un rapporto diffuso la scorsa estate dal Dipartimento Malattie Infettive dell’Istituto Superiore di Sanità, riportante i dati relativi all’influenza che ha colpito il paese nella stagione 2018-19, si ricorda che «le infezioni respiratorie acute causate dai virus influenzali possono essere lievi, gravi e possono persino causare la morte nei soggetti a rischio come anziani e bambini». Ciò non significa affatto che febbre e raffreddore siano sintomi letali, giacché «il ricovero e la morte si verificano principalmente tra i soggetti ad alto rischio, che includono donne in gravidanza e chiunque abbia patologie sottostanti come diabete, obesità, malattie dell’apparato respiratorio e cardiovascolari».
Si tratta di una vera e propria banalità: l’influenza in sé non è affatto pericolosa, ma potrebbe diventarlo qualora colpisse chi versa già in condizioni di salute compromesse. Secondo lo stesso rapporto, «nell’intera stagione influenzale, il 13,6% della popolazione italiana ha avuto una sindrome simil-influenzale, per un totale di circa 8.072.000 casi» ed «anche l’impatto di questa stagione, in termini di numero di forme gravi e complicate di influenza confermata, è stato elevato e paragonabile a quello della precedente stagione influenzale. In particolare, nella stagione 2018-19, sono stati segnalati 812 casi gravi di influenza confermata in soggetti con diagnosi di gravi infezioni respiratorie acute e/o sindromi da distress respiratorio acuto ricoverati in terapia intensiva, 205 dei quali sono deceduti. Il 63,2% dei casi gravi è di sesso maschile e l’età mediana è pari a 63 anni. Nell’83,4% dei casi gravi e nell’89,7% dei deceduti era presente almeno una condizione di rischio preesistente (diabete, tumori, malattie cardiovascolari, malattie respiratorie croniche, obesità, ecc.)».
Fino ad ora il coronavirus non si discosta affatto dalle suddette caratteristiche, mietendo le sue vittime fra anziani già malati o pazienti debilitati. Che senso ha allora tutto questo allarmismo? Soprattutto se aggiungiamo che le sole infezioni ospedaliere provocano ogni anno qui in Italia circa 8.000 morti (più di venti al giorno!), per non parlare delle 80.000 morti all’anno (più di duecento al giorno!) che le statistiche indicano causate dal tabagismo. Realtà ufficiali che non hanno mai portato a quarantene né a chiusure di strutture sanitarie o a serrate di tabaccai.
Ordunque, se in questo momento l’esercito si trova a pattugliare le strade del lodigiano non è certo per bloccare una pandemia di influenza, quanto per estendere la pandemia di servitù volontaria. Unità nazionale ed obbedienza alle leggi, davanti al pericolo! Fine del dissenso e delle critiche al governo, davanti al rischio! Largo ad esperti e specialisti, davanti alla minaccia! In effetti, al di fuori di paesi asiatici soggiogati da grandi e piccole tirannie, quale altra popolazione poteva andare nel panico per una semplice influenza non essendosi mai curata della quasi totale assenza di piacere nella vita? Quale, se non quella a cui in un passato recente era stato spiegato che un manifestante era stato ucciso da un proiettile (sparato da un agente dell’ordine, ma) deviato dal sasso scagliato da un altro manifestante; quella a cui era stato raccontato che il suo premier si preoccupava delle nipoti minorenni di capi di Stato esteri ora defunti; quella già sottoposta, in occasione di terremoti, a misure che limitano la libertà individuale; quella che da lunghi decenni non conosce più rivolte, ma solo pacifiche e civili proteste vogliose di legittimità istituzionale?
Nel frattempo, dalla Cina giunge anche la notizia che la sospensione di quasi ogni attività lavorativa ha avuto come conseguenza l’abbattimento delle emissioni di anidride carbonica. Nel giro di poche settimane, la rottura con la normalità quotidiana avrebbe ridotto l’inquinamento di circa un quarto. Grazie alla drastica diminuzione del consumo energetico, i cieli della Cina sono tornati ad essere azzurri.
Ora — al di là del fatto che un eventuale virus che alleggerisca davvero il pianeta da quella fauna parassitaria conosciuta come umanità sarebbe per certi versi una panacea — ciò significa forse che solo una pandemia ci salverà?

Sarà un’influenza che vi seppellirà!